miércoles, 2 de abril de 2014

La cita




     Acababa de salir de la ducha. Fresca, con olor a a limpio, y con la esencia a azahar que se le impregnaba en el cuerpo a través de la ventana del baño. Un ventanuco pequeño, que daba respiro al vapor que inundaba la sala, y que traspasaba los muros de la estancia hacia un huerto de naranjos en flor. Era un baño antiguo, con grifería dorada y con toques barrocos; con una bañera preciosa, de patas en forma de garras de león y porcelana blanca.
     Era la casa de sus abuelos, la casa donde había pasado tantas y tantas vacaciones, la casa donde se inició en sus primeras travesuras.
     Se vistió, se acicaló el cabello aún húmedo y salió al portón principal. El la estaba esperando; nervioso y con los ojos acaramelados, con una mueca por sonrisa y con las manos sudorosas por el miedo que sentía. Hacía tanto tiempo que espera esa primera cita...
     Él, la amaba desde que era niña, la había adorado desde mucho, la había observado mientras ella, sin percatarse, coqueteaba con todo el mundo. Y por fin, había conseguido tener una cita con ella.  El pensaba, tenía el convencimiento, de que para ella era un juego, una "cita" que le hacía gracia. Sin embargo, para él, era su cita, la cita de su vida, donde se jugaba todo. Estaba seguro de que era la única oportunidad para hacerle saber y entender todo lo que el sentía por ella, para contarle los latidos de su corazón, para hacerle comprender,  que su cuerpo, sin el aliento de sus besos, sin el brillo de sus ojos, no respondería ante ningún estímulo.
     Ella se presentó ante él con una espléndida sonrisa, estaba radiante... así era, tal cual. Así la quería él, tal cual. Cuando la tuvo ante él, su hombría (que era mucha) se quedó a la altura de sus preciosos y finos zapatos de tacón.
     Había pensado en cada palabra que le iba a decir, en cada gesto que iba a mostrarle, lo tenía todo controlado, pero cuando la vio, con su cabello aún mojado, con su cara limpia, y ese olor a campo, a naranjos en flor... se olvidó hasta de su nombre. Era su niña, su amor, la mujer por la que había estado esperando toda su vida.
     Le sonrío, y como un adolescente de 35 años, quebró la voz y solo pudo agachar la cabeza agradecido por la oportunidad de tenerla a su lado. Era un hombre con alma de niño y sonrío. Ella se quedó mirándolo y con una voz dulce le preguntó :  ¿Por qué tardaste tanto?

     "Estar preparado es importante, saber esperar es aún más, pero aprovechar el momento adecuado, es la clave de la vida" Arthur Schnitzler.