martes, 11 de marzo de 2014

Carta a mi amado





     Mi dulce amor,
     Esta puede que sea la décima o la undécima carta que te escribo, aunque... ¿el número importa? Posiblemente corra la misma suerte que las anteriores, que su futuro sea el que mi cobardía quiera o el que mi valentía no permita que sea.
    Pensando en ti, tengo la obligación de decirte cuanto te extraño, cuanto te echa de menos mi cuerpo, cuanto te ansía mi corazón y como de mal se siente mi alma sin tu consuelo.
     Ha pasado mucho tiempo, ocho o quizá son ya diez años, y para mi fue ayer cuando te marchaste y me dejaste rota en un rincón, despojada de ánimo, abandonada a un destino que no busqué y que no quiero. Perdida en el tiempo que corre a toda velocidad y no me da tregua, que me azota con una brisa fina y afilada y va tejiendo surcos de sufrimiento en mi piel.
     Es como una maldición vivir sin tu amor, sin tus caricias y sin tus abrazos. Porque mis manos son cascadas manando a raudales y desembocando en un caudal seco,  mis ojos son luz tenue y cálida alumbrando la más absoluta oscuridad.
     Porque mi feminidad es un vergel en primavera con falta de riego, sin encontrar ni una mísera gota de rocío que fecunde mis entrañas.
     Amado mío... ¿dime donde puedo encontrarte? ¿por donde vagan tus pasos? y, ¿en que banco te sientas mirando al mar? Dime que puedo hacer para despojarme de este traje de amargura y desvanecer esta duda que me atormenta y me angustia. Dime mi amor, ¿como puedo hacer para que cada trozo de mi que te llevaste vuelva a formar parte de nuestra esencia?
     Dime como convierto una estéril sonrisa en lo que antaño fue, como hago para que mi fingida vida vuelva a tener sentido y el brillo de esa luna que tan amorosamente nos iluminó y guió, vuelva a tener cabida en mi.
     Mi adorado amor, posiblemente esto quede en lo de siempre... en mis pensamientos plasmados en letras, en mis ganas de volver a amarte, en un escrito y en la esperanza de volver a tenerte, en una efímero deseo en manos de un cruel destino.
     Y es que, yo no puedo enmudecer a mi mente, no puedo ocultar unos recuerdos que afloran instintivamente y sin control. No puedo... y no quiero mi adorado amado. Solo puedo tenerte así, en la lejanía y al mismo tiempo tan real en mi. Porque vives escondido en mi interior, en lo más profundo de mi ser, y solo de vez en cuando, me permito escribirte y recordarme cuanto te amo.

     "No hay disfraz que pueda largo tiempo ocultar el amor donde lo hay, ni fingirlo donde no lo hay". François de la Rochefoucauld