viernes, 20 de marzo de 2015

Mayoría de edad




   Lucía miraba a su hijo con orgullo. Cuando el día se completara y el reloj pasara quince minutos de la media noche, su pequeño Daniel cumpliría 18 años,  la mayoría de edad se acercaba a todos los efectos y sin embargo, para ella, para su madre, seguía siendo su niño. Daniel estaba como loco, tenía grandes planes para  celebrar con sus amigos una fecha tan señalada; hoy por fin,  podría entrar a uno de esos garitos nocturnos.
   
  Mientras Daniel se vestía y se perfumaba con esmero, su madre, callada lo miraba en silencio. No podía apartar la mirada del rostro de su hijo, estaba tan orgullosa...
    
 Daniel siempre había sido un niño bueno, obediente, educado y muy cariñoso con su madre. Muy responsable para su edad y demasiado tozudo. Era el tesoro más valioso de aquella mujer, su motor de vida.
   
  Cuando Daniel hubo terminado, se giró hacía su madre y con un gesto divertido buscó su aprobación. Ella no podía estar más feliz, más absolutamente entregada y sonriendo asintió con la cabeza y pensó  que no existía un chico más guapo en el mundo, al menos para ella.

    Antes de cruzar el umbral de la puerta, Lucía le dio un montón de recomendaciones; ten cuidado, no te vayas a meter en líos, mira que la noche es muy traicionera, no bebas demasiado... 
Daniel asentía a todo y sin dejarla casi terminar, besó a su madre en la frente y se despidió.
     Lucía lo vio marcharse con aquella sonrisa tan pícara en sus labios y antes de girar la calle, Daniel guiñó un ojo a su madre y le envío un beso por el aire.

     Entró en su casa,  y se dispuso a prepararse algo para comer. Se sentó en el sofá y mientras cenaba trató de imaginar que estaría haciendo Daniel en ese momento, donde estaría, con quien estaría hablando, y a cada rato, miraba el reloj y suspiraba. No pasaban las horas...

     El ruido del teléfono la sobresaltó. ¿Que hora era? Se había quedado dormida, eran las dos y diez de la madrugada y no dejaba de sonar ese fastidioso ring. Se incorporó,  fue hacia la cocina y descolgó el auricular.

     Su corazón dejó de latir, su mente estaba completamente noqueada, su mirada perdida y su mundo atropellado. 
     Tenía delante el ataúd de su hijo, no quería mirarlo, se negaba a creer que nunca más volvería a tenerlo entre sus brazos, se lo habían arrebatado.

     No había consuelo posible, no existían palabras de aliento, su hijo no estaría más, porque alguien derramó un poco de líquido en la camisa de un desconocido originando una pelea, porque su hijo intentó calmar los ánimos y separar a aquellos dos que se querían matar a golpes, porque era buena persona, por ponerse en medio  para evitar una tragedia, se llevó el golpe certero de navaja en mitad del corazón, cayendo fulminado en el acto.

     Su hijo falleció a la una y treinta y cinco de la madrugada el día de su décimo octavo cumpleaños, el mismo día y a la misma hora que ella dejó de existir para el mundo.

     "A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en un mismo ataúd". Alphonse de Lamartine.