lunes, 13 de octubre de 2014

Naturaleza




     La noche llega, oscura y fría y tras el manto negro que cubre nuestros pasos y la lluvia que moja nuestros pensamientos, sentada frente a la ventana... se escapa un suspiro.
     La lluvia riega incesantemente la tierra, la fertiliza, la fortifica y la libera de las malas hierbas, rejuvenece los tallos y limpia las raíces infectas.
     A través de un pequeño hueco de la ventana respiro profundamente el aroma a tierra mojada, y se llenan mis pulmones de esa fragancia , de esa sensación de renovación, de ese perfume intenso que trae a la memoria tantos y tantos recuerdos de infancia.
     Sigue lloviendo, y lo hace con una fuerza dispar, continua. Y la tierra la abraza, la besa, la acoge con verdadero entusiasmo, asimilando cada gota, cada partícula que la penetra y la revive. Sedienta y seca, se hidrata; árida y estéril es fecundada.
     Sigo mirando la lluvia y me atrapa. Siento frío, pero no puedo moverme; como hipnotizada por el caer del agua miro perpleja como lo que es malo para mi, es bueno para la naturaleza, como las cosas que nos desagradan tienen un fin que nos desconcierta.
     Como una autómata me levanto y me dirijo afuera. Una fuerza sin control hace que mis piernas se agiten y mi cuerpo se alce situándose bajo la noche.  Miro hacia el cielo sintiendo como la lluvia me empapa, como moja cada centímetro de piel, extiendo los brazos para que me cubra por completo. Necesito sentir esa fuerza renovadora,  esa frescura que se introduce por cada poro, quiero que el agua arrastre mi tristeza y limpie de dolor mi espíritu.
     Miro hacia el cielo y grito con fuerza... ¡Si es bueno para la naturaleza, también es bueno para mi!.

    "La naturaleza está repleta de razonamientos que no tuvo nunca la experiencia" Leonardo Da Vinci.