jueves, 9 de enero de 2014

Nuestros hijos



     Se nos marchan, llega el momento y vuelan. Con ansias propias de la edad, con prisas atropelladas, con esas cosquillitas por descubrir un nuevo mundo. Se van para volver hechos hombres y mujeres, más formados en conocimientos y vida, más maduros, más centrados.
     Se nos van y nos dejan con cara de circunstancias, con esas lágrimas reprimidas y escondidas entre las manos, con ese nudo en el estómago que no nos permite respirar, con la preocupación prendida en el rostro y el nerviosismo cosido a la espalda.
     Y los vemos partir desde un andén, desde el control de pasajeros de un aeropuerto, desde la estación de un autobús o desde la acera de la calle donde el coche que los aleja de nosotros, se va rodando sin remordimientos. Y se retuercen las entrañas porque son nuestros hijos, y para nosotros son nuestros "pequeños" hijos, y para ellos, son ya mayores, prácticamente adultos. Y sabemos que es para bien, que no se van a luchar en una guerra, que no van a una misión suicida, pero que más da... se nos van, y se nos parte el alma.
     Y pasamos el primer año como el duelo más profundo, como si nos hubieran sesgado un miembro del cuerpo, como si nos faltara parte de nuestro propio yo.  Les llamamos a todas horas, les agobiamos, les preguntamos lo mismo un millón de veces, les recomendamos precaución, que estudien, que aprovechen el tiempo, que coman...
     Pobres hijos... no hay nada más pesado que una madre.
     La misma madre que los espera cuando vuelven a casa, la que les lava el saco de ropa que traen de fin de semana, la que les prepara suculentos bocados cuando regresan  por vacaciones, la que los abraza y los besa como si los besos se acabasen.
     Han regresado, han terminado sus estudios y han vuelto. Y han vuelto más altos, más flacos, algunos con barba y otras más coquetas. Pero sobre todo más hechos, más mujeres, con un bagaje más rico, con una experiencia vital más enriquecedora. Han regresado y nosotros felices, han vuelto y eso es lo único que importa.

     "El problema con la familia es que los hijos abandonan un día la infancia, pero los padres nunca dejan la paternidad" Osho.