miércoles, 8 de enero de 2014

La oportunidad




     Como dos almas hambrientas, necesitadas de afecto,  los dos se fundieron en un abrazo eterno. Se besaron, se entregaron  y se paró el tiempo.
     Sus rostros se mezclaron al entrelazar sus lenguas y se confundían los rasgos de uno y otro, las pupilas dilatadas latían al ritmo de sus corazones y las gargantas sedientas, se agitaban incesantemente.
     No existían techos que los cubrieran, ni suelos que tuviesen la fortaleza de sostenerlos, eran dos almas apasionadas con prisa por darse amor.
     Todo era sincero, real y tangible. Demasiado cariño para contenerse en un cuerpo, demasiada ternura para expresarla verbalmente, demasiada dulzura, demasiada...
     Sus manos se exploraban temblorosas, insinuando caricias imprevistas, vértigos inesperados y un deseo desbordante los envolvía. Un deseo fuera de control y hermosamente ansiado.
     No había pausa, ni tregua, se amaban como si no existiese más que ese instante, como si la vida les hubiese dado una última oportunidad, no veían nada más que sus ojos y en ellos se miraban.
     Se rozaban y se estremecían, y no entendían como habían podido estar tanto tiempo el uno sin el otro, como habían podido ni siquiera respirar sin el aliento que les proporcionaba el elixir de sus besos.
     El corazón estallaba de gozo, se incendiaban las mejillas, y las sonrisas se hacían fáciles. No había ruidos, ni gente, ni nada que pudiese sacarles de aquel éxtasis, se mezclaban con pausados susurros y retozaban en su delicada ternura.
     Se desnudaron, en cuerpo y alma, se recorrieron, se descubrieron y se encontraron. Y mientras se amaban se hicieron mil promesas. Y todas se resumieron en una; callada, firme y eterna.
     La vida les había otorgado la oportunidad de encontrarse y no darían a la vida motivos para separarse.

     "El amor no se mira, se siente y aún más cuando ella está junto a ti". Pablo Neruda.