miércoles, 4 de diciembre de 2013

Soledad



     Soledad caminaba con prisa, apurada, era casi la 1 del mediodía y aún tenía que llegar a casa y preparar la comida para cuando su hombre llegara. Tenía que aligerar el paso, no tenía mucho tiempo y ella ya sabía como se ponía él si no estaba todo preparado.
     Soledad estaba enamorada... se habían conocido cuando ella era una niña, quince años tenía y el casi 21 y siempre había sido igual. Ella había aprendido a comportarse con el, a detectar sus estados de ánimo y a oler el alcohol que emanaba por cada poro de su piel mucho antes de acercarse a ella.
     Era una mujer frágil y delicada y sin embargo al mirarla, solo veías rudeza y aspereza en su rostro. Había aprendido a maquillarse los golpes, a simular accidentes para que nadie pudiera decirle nada, había aprendido a camuflar su dolor y a fingir sonrisas cuando tenía el corazón roto, y sobre todo, había aprendido a disimular el miedo.
     La primera vez que sintió que le ardía la cara cuando él la golpeó, el pánico se apoderó de ella y la pena dio paso a las lágrimas que se derramaron por su mejilla bruscamente. Pero le perdonó y lo justificó. La quería... se lo había dicho infinidad de veces después de haberla atropellado a golpes, la quería pero tenía que aprender a comportarse. Había sido un arrebato y le juraba que no iba a volver a pasar. Ella lo justificaba y se autoconvencia que era culpa de ella
     Habían pasado los años y el maltrato iba en aumento. Ya no le quedaban fuerzas pero se resignaba, donde iba a ir ella? ¿que podía hacer? Estaba tan mancillada, tan ultrajada que se consideraba un pingajo de persona, no le quedaba amor propio, no le quedaban esperanzas.
     Estaba terminando de aderezar el guiso que había preparado cuando sintió las llaves introduciéndose en el bombín de la puerta y dio un respingo. Las piernas le temblaron y los nervios se apoderaron de ella. No había terminado aún y él ya estaba en casa! Lo siguiente que sintió fueron gritos, insultos y golpes. Y después de eso, más golpes. Cayó al suelo y la pateó como si fuera un trapo viejo. Ella le imploraba, casi sin aliento pidió perdón y cada vez que intentaba hablar, la sangre manaba a borbotones. Como en un suspiro, en el último hilo  de vida, volvió a pedir perdón, perdón por ser una cobarde, perdón por haber consentido y por creer que el amor era eso.
     Soledad ya no sufre, no tiene miedo, ya no llora ni tampoco implora piedad. Soledad dejó de ser un muñeca rota y ahora descansa en paz.

     "Los malos tratos a las mujeres nos duelen e indignan profundamente y nos denigran como sociedad"  Juan Carlos de Borbón.