lunes, 9 de diciembre de 2013

Blanca y radiante





     Caminaba sin prisa, recreándose en cada escaparate e imaginando que algún día ella llevaría puesto uno de esos trajes, uno de esos blancos e inmaculados, elegantes y con una gran caída. Sonreía para sus adentros y los ojos se le iluminaban, centelleaban como si mil luciérnagas habitaran en ellos, y en su rostro ya marcado por surcos de dolor, se le dibujaban mariposas.
     Hacía un pormenorizado recuento de invitados, de flores, de cubiertos y de los entrantes que pensaba ofrecer a todos sus allegados y sonreía, con una sonrisa franca, sincera y llena de esperanza.
     Mientras avanzaba por sus sueños, iba recorriendo todos los establecimientos que iba a visitar para completar el día mas hermoso de su vida, su sueño más ansiado...
     Las flores... blancas, siempre había pensado que su ramo sería un ramillete de azucenas y nardos. Entonces inhalaba como si pudiese olerlas, como si el perfume le llegase a través del viento y entornaba los párpados, confundiéndose con el aroma que la embriagaba.
    Su alma flotaba entre nubes de algodón, entre paisajes de colores y escenarios de ternura y pasión. Y continuaba caminando, por un camino que no tenía fin, por aceras hechas de sentimientos, por puentes de locura y fantasía, bordeando todo lo mezquino y esquivando el sufrimiento y lo amargo de su día a día.
     Ese era su sueño, el motivo por el que cada mañana se levantaba llena de ilusión y de ganas, el motivo por el que dejaba el rencor en el cajón de su mesita, colgaba su abatimiento en la percha más profunda de su armario y se vestía con una falda de esperanza y una camisa de fe.
     Pasaron los años y ella seguía caminando sin prisa, aunque cada vez aligeraba más el paso, las horas corrían más energicamente y el cabello se estaba poblando de canas. Al ver su reflejo en el escaparate, se entristeció, apretó los puños y murmuró entre dientes, no va a pasar...
     Estaba mayor, cada vez más cansada y enferma y más abatida. Sentía que se le acababa el tiempo y ella quería su vestido y sus flores. Se frenó en seco y decidió que lo haría.
     Adornó su habitación, engalano cada una de las esquinas con flores que colgaban acariciando su pelo, se dio un baño y se acicaló con mimo, se maquillo suavemente y enredó sus rizos en un bonito moño. Se vistió despacio, disfrutando cada centímetro  de vestido que iba rozando su piel y se calzó unos bonitos zapatos de tacón. Por último colocó el velo cubriendo su rostro y prendió un pasador antiguo que su abuela le había regalado para cuando contrajera matrimonio.
     Se giró y se contempló en el espejo y no pudo contener la emoción. Estaba radiante, una explosión de alegría brotaba por cada poro de su piel y fue tanta la felicidad que su corazón enfermo no pudo soportarlo y se quebró.
     La encontraron al día siguiente tirada en el suelo con una inmensa sonrisa dibujada en su rostro y algo parecido a una lágrima asomando por su mejilla.

     "Nuestro destino es un misterio y quizás el sentido de la vida no sea más que la búsqueda de ese sentido". Rosa Montero