domingo, 24 de noviembre de 2013

Cuarenta y tantos....







     Leí en una ocasión, que una mujer que es capaz de decir su verdadera edad, es capaz de contarlo todo, hasta lo incontable.

     Bien, si partimos de esa premisa, yo soy una mujer de cuarenta y tantos, trabajadora, madre, hija, hermana, amiga y luchadora. Una mujer que cada día que pasa, se siente menos preparada para afrontar el día a día. Pensareis que esto es una incongruencia, y en parte sí, así es. Vivimos en un mundo y pertenecemos a una generación donde la preparación académica es cada vez mejor y más cualitativa y sin embargo, tengo que confesar, que cada vez entiendo menos lo que sucede a mi alrededor.  
     Me considero una persona tímida, reservada y bastante observadora. Me cuesta comunicarme verbalmente y soy de las que aún partiéndole el alma, callan y no cuentan nada. Seguramente como tú, como millones de personas. Pero es lo que hay... sin embargo, cuando escribo, es como si se rompieran los silencios, como si las palabras bailaran, como si la lata que guarda a mi corazón, se abriera por un momento dejando escapar los aromas y los silencios.
     Seguro que estáis en el sofá, después de haber dado la merienda a vuestros hijos, disfrutando de un momento de relax, mirando a esa persona que comparte vuestra vida y en algún momento, la habéis sentido extraña, desconocida. Seguro que en vuestros pensamientos más íntimos, os habéis preguntado ¿quien se preocupa por mi? el día de descanso y no he parado de hacer cosas... he cocinado, arreglado y recogido la casa, he preparado la merienda, he ido al parque con los hijos, he sacado al perro, pero... y yo? alguien se ha preocupado de preguntar si me apetecía tomar un café? Alguien me ha dicho con dulzura,  ¿cariño... estás bien? ¿que puedo hacer para darte un rayito de descanso, de felicidad? O simplemente, apagar el televisor cuando están poniendo el partidazo del plus y charlar. 
     Y seguro, que la respuesta a esos pensamientos, es parecida a la que tengo yo.
     No os sentís agotadas? A menudo y siempre intentando ver las cosas de un modo positivo, me digo a mi misma : Bueno, tu haces las cosas porque te salen así, y eres feliz viendo felices a los que quieres. Y sí, eso es cierto, pero nos olvidamos de algo importantísimo. Para que esa felicidad les llegue y sea completa, tiene que empezar por uno mismo. 
     Hace tiempo, yo era de las que veía el vaso medio vacío, quizá por el agobio del trabajo, de la familia, de los amigos y porque le pedía tanto a la vida, que al final siempre me sentía decepcionada. Sufría mucho con todo, me angustiaba hasta respirar y eso me hacía incapaz de disfrutar hasta de lo bueno que me sucedía. Un día, me derrumbé. 
     Mi hija, veía mi negatividad y trataba de luchar contra ella, pero no hay peor ciego que el que no quiere ver, hasta que un día comencé a abrir los ojos y a entender que mi peor enemiga, era yo misma. La escuché, con todos los sentidos, comencé a meditar en todo lo que me decía, en lo que sucedía a mi alrededor y me dí cuenta de pequeñas cosas, muy pequeñas y muy grandes. Respiraba y sentía mi corazón latir y una mañana me levanté, me asomé a la terraza y descubrí que tenía al mar delante de mis ojos y sonreí.