El se acercó a ella, pausadamente. La había visto hacía un buen
rato, y cuando vio su pelo ondulado flotando con la suave brisa, se
quedó parado. Pensó que era un verdadero espectáculo mirarla,
contemplarla en silencio. Estaba allí, sentada en un banco, posiblemente
descansando un momento o esperando a alguien. La observó en silencio,
intentando pasar desapercibido y sumido en sus pensamientos.
Contemplo su rostro inquieto, sus ojos destelleantes y su media
sonrisa. Vio como sus manos se agitaban nerviosas y como sus rodillas
bailaban a un ritmo frenético. Estaba nerviosa o tal vez ansiosa, quizá
algo la perturbaba, pero seguía allí, sentada, mirando al infinito y con
una mueca de incertidumbre.
Fantaseó con mil posibilidades, y cada una de ellas le parecía más
absurda y a la vez más certera. Sacudió la cabeza y se decidió a
abordarla.
Por un momento su mente lo llevó a un paisaje esperpéntico, donde
ella lo estaba esperando impaciente y donde él, su enamorado, llegaba a
regalarle todo su amor. Se había quedado prendado de ella, sin
conocerla, sin haber buceado en su alma, sin apenas haberla rozado.
Él, que siempre había sido tan incrédulo, que ninguna mujer había
conseguido ni siquiera, llegar a emocionarlo. Él, que siempre había roto
sus relaciones por falta de interés, que no había querido
comprometerse, que se vanagloriaba de ser libre y de portar esa libertad
como un escudo salvavidas. Él, que siempre se había burlado de los
demás por dejarse encadenar al amor, el fuerte, el duro, el que podía
sobrellevar todo y lidiar con todo...
No podía dejar de mirarla, y decidió acercarse. Quería no ir, pero
no podía... Había algo dentro de él que lo arrastraba, que dominaba
cualquier intento de negación. Su corazón se agitaba a un ritmo
descompasado, desconocido. No podía controlarlo, no podía hacer otra
cosa más que seguir ese instinto que le llevaba hasta ella.
No la conocía de nada, no la había visto en su vida, pero estaba
seguro de haber encontrado a la persona con la que quería tomar un café a
diario, con la que quería compartir su dolor, su angustia, sus momentos
de euforia, sus sueños, sus triunfos y sus fracasos. La había
encontrado y, no quería perderla, no quería dejar pasar la oportunidad
de presentarse ante ella y decirle, aquí me tienes, soy todo tuyo, sin
condiciones, sin motivo, sin un por qué. Soy aquél por el que esperas y
tu eres esa, por la que he estado esperando. Soy, porque te he
encontrado; seré, solo si puedo amarte.
"El amor es el significado último de todo lo que nos rodea. No es un
simple sentimiento; es la verdad, es la alegría que está en el origen
de toda creación". Tagore